sábado, 14 de mayo de 2016

Capítulo 2: La noche en la que había un Zombie en mi portal.

Capítulo 2: La noche en la que había un Zombie en mi portal.

El despertador del móvil no deja de sonar de forma incesante. Me giro, intentando ignorarlo, pero no funciona. Me quito la almohada de debajo de la cabeza y la aprieto contra mi cara, después la lanzo contra la pared y chillo. Tengo sueño, me muero de sueño. ¿Por que está puesto el despertador? Vuelvo a chillar y me quito la sabana y la manta de encima a base de patadas. Me pongo sobre el costado derecho y, con bastante esfuerzo me incorporo y me siento en el borde de la cama. Suelto un pequeño gemido de enfado y me rasco los ojos. La habitación está totalmente a oscuras, salvo por el brillo de la pantalla del móvil. Estiro la mano hasta la mesilla y quito la alarma: las 8:30. ¿Por qué es tan temprano? Me pongo en pie y abro la persiana, al instante el sol me ciega.
––Max, ¿que haces despierto?––pregunta de pronto la voz de papá, que acaba de abrir la puerta. Tiene el pelo completamente despeinado, la camiseta mal colocada y los ojos rojos por el sueño. Me dedica un bostezo y me sonríe, después mira mi brazo, aun vendado.––Con eso no puedes competir.––continua, señalando las dos heridas.––
Me quedo mirando la venda, y entonces todo lo sucedido aquella noche vuelve a mi cabeza. La gárgola-lagarto atacándome, el chico que me había salvado… y la conversación con Helen. Se me acelera el corazón y noto como mis mejillas se ruborizan, pero trago saliva y me centro en lo bonitas que son las baldas de madera del suelo y lo frías que están bajo las desnudas plantas de mis pies, y se me pasa.
––No había caido...––le contesto con un susurro: se nota en mi tono de voz que estoy completamente dormido. Me mira con gesto serio, pero al instante vuelve a estar sonriendo.––bueno… he quedado con Helen, así que tengo que salir de todos modos.––al decirlo vuelve el rubor, y papá lo nota.
––¡Oh! ¿Una cita?––sus ojos brillan como luciérnagas, y la sonrisa de su cara se extiende aún más.
––¡No!––chillo, enfadado. Me giro, cojo la almohada de los pies de la cama y se la tiro a la cabeza––¡Largate! ¡Solo es mi amiga!
Mi padre cierra la puerta a toda velocidad, esquivando el proyectil, que golpea el poster de Oasis que hay colgado en la madera. Siento como mis pulsaciones se han acelerado, y como me vuelven a sudar las manos, solo por la simple idea de verla. No tiene sentido. “A lo mejor me da miedo no caerle bien fuera del instituto” razono en mi cabeza. “Seguro que es eso, casanova” suena contestándome esa estúpida voz que siempre me pone de los nervios, y me muerdo el labio con fuerza para evitar chillarle obscenidades a algo inexistente.
Recojo la almohada del suelo y hago la cama, después cojo el móvil y abro el whatsapp: ningún mensaje de Helen, pero Gab me está preguntando si quiero quedar. ¿Que le contesto, que he quedado con Helen? Entonces se unirá al plan. Me imagino por un segundo la escena de los tres por el río, y me entra una sensación horrible de celos. No. NO. No quiero que Gab venga. Me muerdo de nuevo el labio, pero esta vez con más suavidad. ¿Por qué? ¿Por que me gusta Helen? No, no puede ser. ¿Por que me da vergüenza lo que Gab piense? ¡No! Es mi mejor amigo, a él se lo cuento todo… cuando hay algo que contar, claro. Solo es quedar con una amiga, nada más. Y además, Helen me lo ha preguntado a mi, no me ha dicho que lleve a Gab, y no quiero molestarla, claro que no. “Si… claro que es por eso, campeón”. Al final le contesto que no puedo.
––Joder.––suelto y me siento de nuevo en la cama. Entrelazo las manos y empiezo a mover los dedos, tamborileando mis nudillos.
Me esta empezando a doler la cabeza de tanto pensar. Es todo tan absurdo. Suspiro y miro al suelo. Es mejor no darle tantas vueltas a las cosas, centrémonos en lo importante, en pasarlo bien, porque por eso hemos quedado, ¿Si?
Me pongo en pie otra vez, me acerco al enorme armario de dos puertas y lo abro de par en par, y me quedo en blanco. Al ver tanta ropa me pongo nervioso, ¿que me pongo? “¿Desde cuando me importa que me pongo?” surge, en mi cabeza, y me hace sentir estúpido. Ni que la ropa tuviese alguna importancia… pero ahora me importa. Sacudo la cabeza. Empecemos por la camiseta. Es fácil, ¿no? Y entonces me doy cuenta de que tengo cuatro cajones llenos de camisetas. El primero, de camisetas de equipos deportivos: las descarto al instante. Helen no es como Kelly, no ama el deporte. El segundo es de camisetas de videojuegos, series y películas. Infantil. “¿Infantil? ¡Tienes trece años!” regresa, aún más pesada que antes esa voz, y le pego una patada a la pared. Que cabreo. Que dolor. Pero que cabreo. Joder, como duele. Doy pequeños saltos sobre la pierna contraria y me agarro el pie. Me apoyo contra esa pared, a la que acabo de agredir sin causa justificada, y me dejo resbalar hasta el suelo. Hago una mueca de dolor y se me escapa una lágrima.
––Au, au au...––susurro y cojo aire.––Eres imbécil, Max––me recrimino “Y mucho...”.––Callate.
Espero quieto unos segundos, hasta que el intenso dolor se convierte en unas leves pulsaciones bajo la piel, y vuelvo a levantarme. Miro los dos cajones restantes. Camisas en uno, camisetas de tirantes en otros, y no es verano. Me encojo de hombros y abro el cajón de camisas. ¿Una blanca de vestir? ¡Ni que fuese a casarme!, ¿Una de cuadros azules? Cutre, ¿Una con cuadrados rojos? Ni que fuese un leñador. ¿Camisa negra? Muy oscura. ¿Camisa marrón? Es fea de narices. ¿Roja, gris, amarilla? No, no, no… suspiro. Y entonces la veo. Es una camisa hawaiana, blanca con flores azules, de seda. Es preciosa. La cojo, la desdoblo y sonrío: objetivo cumplido. La dejo sobre la cama y vuelvo al armario. Pantalones. Tres cajones. De vestir, vaqueros, y pantalones de chándal. Es obvio que vaqueros. ¿Negros? No. ¿Blancos? Ehh… no. ¿Grises? No. ¿Azules? Puede. ¿Con rotos en las rodillas? Si. Los cojo y los tiro sobre la cama. Cojo unos calcetines grises y las Nike azules. Sonrío como si acabase de ganar la batalla mas difícil del mundo y me quito el pijama. Me pongo los pantalones y me acaricio la tripa, absorto, mirando la camisa. ¿Que peinado me pongo con ella? Otro rompecabezas. Me termino de vestir, y dejo el último botón del cuello sin abrochar. Cojo una chaqueta gris sin mangas, estilo chaleco, pero con capucha y me la pongo encima, sin abrochar. Me miro al espejo y me echo cera para el pelo en los dedos. ¿Y si me lo peino para atrás, en plan niño bueno? Pareceré un imbécil. ¿De punta? No, lo tengo demasiado largo. Al final me lo pongo casi como siempre, con el flequillo hacia el lado derecho, despeinado y de forma irregular. Sonrío. Estoy guapísimo. “Eres un creído, Max”, “pero un creído con una camisa hawaiana” le contesto.
Saco la caja fuerte del estante de arriba del armario, la abro y cojo treinta dolares. La cierro, vuelvo a dejarla y cierro el armario. Me giro y cojo el móvil de encima de la cama; y sonrío al ver que ahora si tengo un mensaje suyo. Abro la conversación mientras salgo de mi cuarto y bajo las escaleras.
¡Media hora! ¡No llegues
tarde!
Estoy saliendo de casa, ¡tu tampoco
tardes!
Es un poco una mentira, pero una mentira con cariño: aún me falta desayunar, pero en cinco minutos estaré saliendo de casa. Entro a toda velocidad en la cocina, cojo de uno de los armaritos de arriba de la encimera la bolsa de cereales, saco de la nevera la leche, la mantequilla y la mermelada de fresa. Lo dejo todo sobre la encimera, entro en la despensa y saco de la bolsa del pan de molde dos rebanadas. Las meto en la tostadora que hay a la izquierda del fregadero y la enchufo: un minuto. Me meto directamente de la bolsa en la boca un puñado de cereales, me echo leche y mastico rápidamente, así unas cinco veces hasta que suena la tostadora. Guardo los cereales, saco un cuchillo, cojo con cuidado de no quemarme el pan y lo lleno de mantequilla y mermelada. Después empiezo a devorarlas, y cuando termino vuelvo a llenarme la boca de leche. Guardo de nuevo todo, friego el cuchillo y lo pongo en el escurridor. Voy rápidamente al salón, cojo las llaves y me cuelgo la mochila al hombro derecho, el que tengo intacto.
––¡Me voy!––grito mientras bajo las escaleras hacia el garaje.
––¡Pasalo bien!––chilla papá desde arriba.
Cojo la bici, abro la puerta, salgo y la cierro, me subo a ella y comienzo a pedalear. Giro a la derecha y me subo a la acera. Por suerte Helen vive en el mismo barrio, y la plaza Lincon está a menos de cinco minutos en bici. Al final llego casi un cuarto de hora antes. Freno y me bajo de la bici, la dejo a un lado y me siento en uno de los bancos que bordea la fuente.
––¡Maax!––suena de pronto una voz aguda y chillona por encima del barullo de los coches. Alzo la vista y ahí esta Helen, que viene corriendo hacia mi. Ella también ha llegado pronto.
Lleva un vestido completamente blanco e impoluto, por las rodillas. Unas medias de color carne y unas zapatillas converse negras. Encima del vestido la cubre una cazadora de cuero rosa con forro polar. Tiene el pelo, castaño claro, recogido en un moño y sujetado por una pinza con una flor blanca. Sus ojos, verdes como las hojas de los árboles tras una lluvia intensa, brillan ilusionados con el reflejo del sol, como si fuesen parte de este, mientras fijan su mirada en mi. Suspiro. Está preciosa. Me pongo en pie, me da un abrazo y suelta una risa muy intensa en un tono suave: el corazón se me acelera por un segundo.
––Hola––le sonrío de la forma más sincera que puede existir: su pelo huele a flores, a bosque, a frutas silvestres y a… no se, a cosas hermosas.
––Hola––Y me devuelve la sonrisa. Tiene unos dientes blanquisimos, un poco torcidos, pero de forma bonita.––¿Que te ha pasado?
Está mirando mi frente. De pronto me suelta, pero deja sus manos sobre mis hombros y me mira directamente a los ojos, y las manos vuelven a sudarme. Siento otra vez esa sensación en la boca del estómago y trago saliva para deshacer el nudo de mi garganta.
––Nada grave––sonrío, tratando de quitarle importancia––Adonde...––digo, pero me sale un gallo por el nerviosismo y toso. Ella vuelve a reír, divertida, y me pongo rojo.––Esto… ¿Adonde quieres ir?––repito, y esta vez logro que me salga mi voz normal.
––¿Has desayunado?––pregunta, y niego con la cabeza: otra mentira, pero también con cariño, además, sigo con hambre.––Podemos coger algo en la pastelería e ir al río de picnic.
Miro al cielo. Un cúmulo de nubes blancas que amenazan con nieve están empezando a taparlo todo, y debemos de estar a unos tres grados. Y entonces pienso en estar a solas con ella, donde nadie pueda molestarnos. Vuelvo a mirarla y asiento con la cabeza. Me parece un plan perfecto. Empezamos a andar, pero ella se para de pronto y vuelve a reirse.
––¿Que?––pregunto, algo incómodo.
––¿No se te olvida algo?
Una bombilla se enciende en mi cabeza. ¡La bici! Corro hacia ella, la cojo y vuelvo a ponerme a la altura de Helen, rojo como un tomate y muerto de vergüenza. “Idiota. Idiota. ¡Idiota! ¡IDIOTA!” grito en mi cabeza, “Dime algo que no sepa” me recrimina esa voz, pero decido ignorarla.
Caminamos hasta la pastelería que hay una calle mas al norte. Es un sitio al que yo no voy nunca, porque aunque esta todo buenísimo, es bastante caro, y Gabriel y yo somos más de un bollicao del supermercado que de un trozo de tarta, pero no estoy con Gabriel, y es una ocasión especial. Ato con la cadena que llevo siempre en la mochila la bici a una farola y entramos. Nada mas abrir la puerta nos recibe un olor a pasteles recién horneados, y mi estómago ruge con ganas. La miro para preguntar que quiere, pero ella se me adelanta y se acerca al mostrador.
––¡Hola, Helen!––dice la dependienta. Es alta, y debe tener unos veintipico años. Tiene el pelo negro como la noche, corto, muy corto, de punta y los ojos castaños tras unas gafas grises. Tiene una sonrisa de esas que te invitan a contarle toda tu vida como si la conocieses desde hacía mucho tiempo.––¿Lo de siempre?
––Si, pero el doble––le contesta Helen, y me quedo en silencio.
Tenía ganas de preguntarle que era lo de siempre, pero la verdad es que prefería que me sorprendiese, me parecía dulce. Nos quedamos de pie un rato, esperando a que nos preparasen lo que fuese que ella había pedido, y me fije en el interior de la tienda: prestar atención a los detalles es algo que me encanta.
Las paredes son de madera recubierta de papel de color crema. Hay mesas de color caoba con sillas blancas por todas partes, pero solo hay media docena de personas además de nosotros. Estan al fondo de la sala, charlando y tomando té con pastas. Me fijo en el mostrador. Es una mesa de encimera sobre una vitrina enorme con forma de L. Dentro hay donuts de esos rellenos de crema, tartas de todo tipo, pasteles, cruasanes, bollos y pastas. Todo tiene una pinta deliciosa, y muy cara. Te importa demasiado el dinero, ¡es una chica genial, lo vale” me recrimina la voz, y suspiro, aunque esta vez lleva toda la razón. Helen lo vale.
––Aquí tenéis––dice de pronto la señora, interrumpiendo mis pensamientos, y nos tiende una bolsa de plástico con la comida envuelta. Me muero por saber que es, pero cojo la bolsa y me aguanto las ganas.
Meto la mano derecha, que es la que tengo libre, en el bolsillo en busca del dinero, pero Helen me acaricia el pelo suavemente y niega con la cabeza. Saca ella del bolsillo doce dolares y se lo da a la mujer. Luego me guiña un ojo y sale por la puerta, y la sigo sin dudarlo.
––Espera, te doy la mitad––le digo antes de desatar la bici, y ella se pone de puntillas y me da un beso en la mejilla tras negar con la cabeza.
Me quedo mirándola, totalmente quieto, y noto como vuelvo a ponerme rojo. ¿Desde cuando me pongo rojo? Creo que es el primer día de mi vida en el que lo hago, o sea, no recuerdo haberme sentido así jamás, ¿por que hoy si? ¡Es mi amiga! “Y dale, ¿aún sigues con eso?”
––¿Vamos en tu bici? Iremos más rápido––me dice con el tono más tierno que he oído en mi vida, y no es que haya cambiado de tono. Me ha hablado como siempre, pero de pronto me parece demasiado precioso para ser real, y sonrío.
Le paso la bolsa con los dulces y desato la bici, me subo sin sentarme en el sillín para que lo haga ella, y cuando está lista empiezo a pedalear. Al instante me abraza por la cintura, y otra vez más se me pone el corazón a mil. Noto el tacto de su piel contra la mía por encima de la camisa y se me eriza el pelo. Siento su aliento y su sonrisa contra mi nuca, y como se aprieta mas fuerte cuanto más rápido voy, y me encanta, asique pedaleo más fuerte. Puedo apreciar sus costillas contra mi espalda, y entonces gira la cabeza y se apoya en mis omóplatos, y suspira. ¿Por que suspira? Se que yo siempre lo hago, pero nunca le he visto a ella hacerlo. ¿Es que se aburre? ¿Es que no le gusta? ¿Está incomoda? No me da tiempo a seguir haciéndome preguntas, tengo que reaccionar rápido para esquivar a un niño que juega con un balón y no hacerlo de forma brusca: si no nos caeríamos. Dos, tres, cuatro, diez, quince minutos en linea recta, bajando y subiendo cuestas. Giro a la izquierda después de frenar un poco, y vuelvo a coger velocidad. Giro a la derecha dos calles después y comienzo a ir mas despacio.
––Entra en el bosque por aquí––me susurra al oído, y se me encrespa el pelo de la nuca.––Se un sitio precioso.
“Cualquier sitio es precioso si estas tú” pienso sin querer, “Que cursi eres. Vomito” me contesta la voz, y suelto un bufido. Cada segundo que pasa me entiendo menos, y le odio más. Hago caso a Helen y giro a la izquierda, internándome con cuidado en el bosque. Al cabo de un par de minutos me indica que pare, y lo hago. Estamos en un pequeño claro en la orilla del río. Hay un montón de piedras enormes, marrones con motas grises, de textura perfectamente lisa, por todas partes. Dejo la bici en el suelo y la sigo hasta lo alto de una de ellas. Al instante abre la bolsa de plástico y saca uno de los envoltorios.
––Espero que te gusten––me sonríe, y me quedo un poco embobado mirándola, lo justo para que se ría al ver que tardo en darme cuenta de que me está tendiendo los dulces.
––Mmm… seguro que están buenísimos si los has elegido tu.––le contesto, casi sin pensar.
De pronto me da un codazo, se sonroja y murmura algo que no logro escuchar, y me río. Es aun más bonita, si es posible, con las mejillas coloradas. Se me acelera de nuevo el corazón. Empiezo a estar un poco harto de esas sensaciones. Abro el envoltorio y me quedo mirando los cuatro bollos que hay en el interior: no parecen tener nada de especial, salvo porque son bastante grandes, del tamaño de mi mano. Cojo el primero. Está esponjoso a pesar de estar completamente tostado por fuera. Le doy un mordisco, y abro mucho los ojos. Esta relleno crema, chocolate y… ¿que es lo otro? Mastico, no logro identificarlo. Trago y pruebo otro bocado, y caigo. ¡Son trozos de nubes de chuche! Sonrío. Está buenisimo, lo devoro en segundos y veo por el rabillo del ojo que Helen se hincha de orgullo y pone una expresión de triunfo por haber acertado, y me río. Me vuelve a dar un golpe en el hombro derecho.
Me quedo mirando los otros tres bollos. ¿Serán de lo mismo? Cojo otro y lo muerdo, y la respuesta es obvia. No lo es. Está relleno de nata y trocitos de fresas. ¿De verdad se podía meter sin problemas eso en un bollo? ¿Por que nadie me lo había dicho antes, que existían semejantes manjares? El tercero esta relleno de cabello de ángel y trozos de almendras, y el último de chocolate blanco y avellana. Al cabo de unos segundos se termina ella los suyos, coge mi envoltorio, el suyo y los mete de nuevo en la bolsa de plástico, con intención de tirarlo a la basura luego. El silencio se me hace eterno. ¿Que le digo? ¿De que suelo hablarle normalmente? Intento recordarlo, pero a mi cabeza solo vienen imágenes de los dos riendo en el pasillo… pero no de qué nos reímos. Empiezo a ponerme nervioso, bajo de la roca y empiezo a dar saltitos.
––Ya son las doce...––dice de pronto, y suspira. Otra vez empiezo a preguntarme por que lo hace, seguro que por aburrimiento.
––No puedo competir––le digo sin pensar, mirando al suelo, y noto como sus ojos se clavan en mi aunque no la esté viendo.––Me caí anoche por un terraplén, con la bici, volviendo a casa, tengo puntos en el brazo, además de los de la frente.––Escucho como se deja caer sobre las hojas del suelo, se pone en pie y se acerca. La miro, tiene el gesto más preocupado que he visto nunca. ¿Por qué demonios se lo he contado? Ni siquiera se lo he dicho a Gabe.––No es nada, me curó mi padre, pero no podré arriesgarme a que me golpeen en unos días.
De pronto me coge de la mano izquierda, y se me eriza otra vez el cabello, seguido de los latidos a mil. Me quedo totalmente paralizado. ¿Como ha sabido que es el izquierdo? Siento como sus dedos se deslizan por la manga de la camisa y desabrochan el botón del puño. Con cuidado me sube la tela, y suelta un grito al ver la venda manchada con un poco de sángre.
––¿Y esto no es nada? ¿Por que no me lo has dicho cuando te he preguntado por lo de la frente, Max? ¡Podrías haberte matado!––exclama, y noto el pánico en sus ojos. Sus yemas acarician suavemente la piel de alrededor, por encima de la venda, y me da un escalofrío: el nerviosismo de la boca de mi estómago se dispara.
Me quedo unos segundos mirándola a los ojos. Me duele que se sienta así. Me siento como un imbécil, debería habérselo contado antes, o anoche. Tal vez debería contarle todo… “No.” me digo en mi cabeza “No seas idiota”. De pronto bajo la mirada casi sin querer a sus labios, están fruncidos, se siente molesta. ¿Que le digo? ¿Que no tiendo a contarle nada a nadie, y si no se lo he contado a mi mejor amigo mucho menos se lo contaría a ella? “Si, tu dile eso, ya verás lo rápido que desaparece de tu vida” suena con sarcasmo en mi cabeza la otra voz. Y me decido. Me quedo en silencio, la agarro por la cintura y la empujo con fuerza contra mi pecho. Al instante estoy abrazándola.
––Perdona––le susurro al oído––A veces no le doy importancia a algunas cosas.
¿A algunas cosas? No, pero a esas cosas raras que me pasan SI. Pero eso no tiene porque saberlo, no hay nada que saber, porque no tengo ni idea de lo que me sucede.
Helen rodea mi cuello con los brazos y me da un beso en la mejilla otra vez, pero de forma más lenta. Al sentir el tacto de sus labios contra mi piel me entran ganas de girarme para rozarlos con los mios, pero me contengo. La simple idea me da pánico. ¿Por qué demonios tengo ganas de hacer eso? Asique me separo de ella, lo menos bruscamente que puedo, y vuelve la sensación de irrealidad. De pronto todo se para, y me siento observado. Siento pánico, y frío, mucho frío, y las heridas empiezan a dolerme. Me giro a toda velocidad, y me quedo paralizado. Hay un hombre entre los árboles. Tiene la ropa completamente rajada y llena de sangre. Le falta la mandíbula inferior, y donde deberían estar las pupilas de sus ojos solo hay sangre. Esta completamente lleno de cortes y piel deshilachada colgando. Y en la mano… en la mano… en.. la… una… él. Trago salivo. Lleva una cabeza de una chica. La agarra por el pelo, como si fuese un complemento más de vestir. Le faltan los ojos y la nariz, alrededor de los agujeros donde deberían estar solo hay marcas de dientes. No puedo evitarlo, de pronto todo se vuelve negro y caigo al suelo.

––¡Max! ¡¡MAAX!!––escucho la voz de Helen, y siento como me zarandean. Abro los ojos lentamente, y todo es borroso, pero al final logro enfocar la vista. Al verme despertar suspira de alegría y me da un abrazo.
––¿Que ha pasado?––pregunto, confuso. Se aparta y me deja respirar. Me incorporo y me toco la frente. Me duele una barbaridad la cabeza. No recuerdo nada de los últimos minutos, solo que la he abrazado. ¿Y después? Frío, y pánico, esas dos sensaciones, pero nada más.
––Te has desmayado de pronto––me contesta, visiblemente preocupada.––¿Te encuentras bien?
––Si, solo… solo es cansancio, creo––miento de forma descarada, pero, ¿que puedo hacer? Esta vez no se la verdad.
Se queda mirándome a los ojos, y sonríe, pero no de la misma forma. Hay algo distinto, algo ha cambiado en sus ojos, hay… un brillo de, ¿comprensión? Si, comprensión. E incredulidad. No me cree, y es normal, pero no parece enfadarla. Al ver como me mira el frío y el pánico se desvanecen. Me sonrojo otra vez y me río, aunque no se del todo bien porqué. Frunce el ceño y me tira al suelo de un empujón.
––Idiota, me has asustado––suelta, se pone en pie, se cruza de brazos y mira a otro lado.
Con cuidado me incorporo y me ayudo de las manos y de las rodillas para ponerme en pie. La rodeo andando despacio y me pongo delante de ella. Me agacho para estar a su altura, y la miro a los ojos mientras sonrío de forma sarcástica.
––Es imposible que me crea que estas enfadada––le susurro, pero cierra los ojos y se niega a hacerme caso.
Impulsivamente le doy un beso en la mejilla, de forma rápida, y me aparto y me giro. Esta vez si que me parece que mi corazón va a salirse del pecho, va a darme una bofetada y se va a ir corriendo. Veo por el rabillo del ojo que esta sonriendo, y que se acaricia con la mano derecha el punto exacto en el que le he dado el beso. Parece más feliz que nunca, y me sonrojo de nuevo. Es agotador sentirse así, y sigo sin comprender porqué lo hago.
––¿Quieres venir a comer a mi casa?––me pregunta de pronto y la miro. Tiene la cabeza cabizbaja, fija en algún punto del suelo, mientras clava un pie en la tierra y lo mueve en círculos.
––Si.––respondo, y sonríe.
Levanto la bici y me subo. Se sienta en el sillín y empiezo a pedalear. Otra vez se abraza a mi cintura, y tengo que hacer un esfuerzo enorme para concentrarme en lo que veo y no en su mejilla apoyada ahora contra mi hombro. Noto su respiración, su cuerpo hinchándose y relajándose con ella. Tengo ganas de que no acabe nunca. Me muerdo el labio. “Es solo una amiga” vuelvo a recordarme, y la otra voz se ríe, pero no añade nada.
Pedaleo lo mas fuerte que puedo en cuanto llegamos a la carretera. Izquierda, derecha, todo recto. Siete minutos. Otra vez derecha, recto. Cinco minutos. Izquierda. Cuatro minutos. Empezamos a bajar a toda velocidad una cuesta, esquivo un coche, otro. Las cosa son solo borrones a nuestro alrededor.
––¡Mas despacio!––me chilla, hincando sus dedos en mi tripa, pero sin llegar a hacerme daño. No la hago caso.––¡Max!
Giro a la derecha y freno. Hemos llegado. Se baja rápidamente y me da un puñetazo suave en las costillas, suelta un bufido y se arregla el pelo. “Que mona es cuando se enfada” pienso, pero lo aparto rápidamente de mi cabeza. Me bajo y ato la bici a una farola. Ella saca las llaves de su portal, abre la puerta y entramos. Al cabo de dos minutos subiendo escaleras atravesamos otra puerta y entramos en su casa.
––¡Ya he llegado––dice, y me mira guiñando un ojo y sacando la lengua. Están sus padres en casa. Esa información me la había ocultado, y me pongo muy nervioso.––Se queda Max a comer.
Un hombre altisimo, de al menos uno noventa, de unos cuarenta años, con el pelo negro rizado corto y una sonrisa hogareña sale de la cocina. Lleva puesto un delantal rojo, manchado de masa, sobre la camisa de cuadros verde y los pantalones de vestir negros. Se esta secando las manos con un paño de cocina.
––¡Hola cielo!––le saluda, le abraza y le da un beso en la mejilla. Después se fija en mi, sin dejar de sonreír, pero noto como me mira de arriba abajo, analizándome. Al final debe decidir que soy digno porque me tiende la mano––Hola Max, bienvenido. Yo soy Carlos. Ya era hora de que Helen te trajese a casa.
Le estrecho la mano y sonrío, algo confuso. ¿Helen le ha hablado de mi? ¿Que pensará cuando se entere de que hasta hoy mis padres no sabían nada de ella? Me daba vergüenza hablar de chicas con ellos.
Helen me guía pasillo a través, girando a la derecha y luego entrando en la primera habitación de la izquierda: su cuarto. Esta compuesto por un enorme ventanal en frente de la puerta, y junto a esa pared hay una cama alta con otra justo debajo. A mi derecha hay dos estanterías repletas de libros, y lo recuerdo, de eso hablábamos siempre: de libros. A la izquierda esta el escritorio, con un Hp nuevecito, de color rojo. Entro un poco mas y me giro. Al lado de la puerta está el armario, empotrado, de puerta corrediza.
––Ignora el desorden––murmura, mientras recoge del suelo una camiseta tirada y la echa sobre el cesto de la ropa que hay al lado del escritorio.
Se quita el abrigo rosa y lo deja sobre su cama, después me tiende la mano, y la entiendo al instante. Me quito la chaqueta-chaleco y se la doy. La dobla con cuidado y la deja junto a su abrigo. Miro de nuevo la estantería de libros. La tiene dividida en secciones por géneros.
––Tienes un cuarto precioso
––Gracias––sonríe.––pero lo que te va a encantar es el cuarto de juegos.
Me quedo mirándola, sin entender mucho a que se refiere. Me coge rápidamente de la mano y tira de mi. Vamos a la habitación del fondo del pasillo, y nada más entrar lo entiendo. La segunda cosa de la que siempre hablábamos. Videojuegos. De pronto me siento muy idiota por haber descartado como infantiles mis preciosas camisetas frikis.
La habitación es enorme, está pintada de negro con formas de lava rojas. El suelo es una moqueta negra con puntos blancos, como si fuesen estrellas. Hay una ventana enorme a la derecha. A la izquierda una televisión de plasma de por lo menos cien pulgadas, y me quedo con la boca abierta. Es de estas curvas, parecidas a las de cine. A los lado tiene dos amplificadores parecidos a los que usan los grupos en los conciertos. Bajo la tele hay una mesa enorme que recorre toda la pared, llena de cajas de videojuegos. A su lado hay una gran mesa, rodeada por tres pubs y un sofa. Sobre la mesa hay una play 4, una xbox one y una wii. Tiene mandos del singstar, y se me acelera el corazón de la emoción.
––¡Tienes el singstar!––chillo y corro hacia él. Cojo el micrófono mientras ella se acerca riendose.
––Si quieres podemos jugar después de comer.
––Es la mejor idea que he oído en toda mi vida, Helen––contesto, mientras mi mirada se ve distraída por todas las caratulas de videojuegos.
Sin duda sus padres deben de tener mucho dinero, o ella se ha pasado toda su vida dedicándose solo a comprarlos. En cualquier caso paso de preguntárselo. Me da igual como lo ha conseguido. Simplemente es la habitación más alucinante en la que he estado nunca. Nos sentamos en el sofá y ella coge el mando de la televisión y la enciende.
––¿Vemos una peli?––le pregunto, y ella sonríe.
––Espera.––me responde. Se gira hacia la puerta y grita.––¡Papá! ¡¿A que hora comemos?!
––¡A las tres!––responde él desde la cocina, y entonces Helen asiente con la cabeza.
Se pone en pie y desaparece por la puerta, dejándome solo. Supongo que ha ido a por alguna película. Me recuesto en el sofá. Es muy cómodo, blanco, cubierto por cojines negros. Me quito uno de la espalda y lo abrazo, es blandito, casi como un peluche.
––Estás adorable así––dice su voz a mi espalda, y doy un pequeño salto en mi asiento para girarme, y me sonrojo.
Está de pie, en la puerta, con los brazos cruzados, abrazando la caratula donde pone “Acero puro”, y la imagen de Hugh Jackman en posición de boxeo, con un robot en la misma posición a su espalda. Se ríe y se acerca. Me vuelvo de nuevo hacia la televisión mientras ella saca de debajo de la mesa donde estan las videoconsolas el dvd, e introduce el disco. Después coge un segundo mando y vuelve a sentarse a mi lado. Le da al play y deja el mando en el suelo, se quita los zapatos, coge ella también un cojín y se acurruca en su lado del sofá. Me quedo mirándola. Tiene las uñas de los pies pintadas del mismo rosa del que es su abrigo, perfectamente cortadas y limadas.
––Puedes quitarte los zapatos tu también.––dice, y me doy cuenta de que me esta observando. Me sonrojo otra vez. ¿Por que siempre me pilla haciendo cosas estúpidas como mirarla como un idiota o quedarme empanado con algo? Es como si tuviese un sexto sentido.
La hago caso. Me agacho, me desato los cordones y me quito las zapatillas, dejando al descubierto los calcetines grises. “Menos mal que me he puesto unos nuevos” pienso, y sonrío. “Me encantan tus prioridades, chico” me suelta de forma sarcástica la voz, y tengo que hacer un gran esfuerzo por no mostrar ninguna expresión extraña en mi cara. Subo los pies al sofa y me quedo encogido, abrazándome las rodillas. Dejo el cojín entre estas y mi torso. De verdad que está muy blandito. Los cojines de mi casa no son tan suaves. Todas sus cosas son mejores, ¿o es solo cosa mía?
Cuando presto atención ya me he perdido las primeras escenas de la película y no me entero de mucho, porque ni la he visto, ni soy capaz de prestarle toda mi atención. No dejo de mirar por el rabillo del ojo lo que hace Helen. Abraza fuerte el cojín, apretándolo contra su boca. “Ojala me abrazase a mi así”, y de pronto me mira. Giro la cabeza a toda velocidad y pongo mi cara de total concentración y pasión mientras miro a la tele. Noto como su cuerpo se convulsiona un poco por la risa. “No pienses esas cosas, estúpido. ¡Es solo tu amiga!” me chillo en mi cabeza. “Tienes problemas gordos de análisis de emociones propias, Max” me responde la voz y aprieto la mandíbula y los puños con rabia. Me está incitando a dejar de pensar para que deje de contestarme. Vuelvo a mirar de reojo, pero esta vez ella está totalmente absorta en la película. De pronto, sin pensarlo mucho (o al menos eso da a entender la automatizad con la que lo hace), se quita la pinza que le sujeta el moño, y sacude la cabeza moviendo el pelo. Me parece que la escena pasa a cámara lenta. Sus cabellos moviéndose, y yo quedándome sin aliento. Abre los ojos, y me fijo entonces en que tiene unas pestañas larguísimas, negras, preciosas. El pelo ahora le llega por los hombros, es completamente liso, y brilla muchísimo con la luz. Parece muy suave, incluso más que mi camisa de seda. Cierro de nuevo los puños, agarrándome las mangas, y empiezo a juguetear con los botones. Tengo ganas de acercarme… de abrazarla. De volver a besar su mejilla, que es blanda, suave y huele bien. De volver a sentir su respiración contra mi cuerpo, de que me susurre al oído… de no soltarla nunca. Está completamente claro que he debido de volverme loco o algo. Es mi amiga. Desde hace semanas. Jamás me he puesto nervioso con ella, ni he querido hacer esas cosas cursis y absurdas. ¿Por qué ahora si? “Achacalo a que tus tostadas llevaban algo raro, o alguna idiotez de esas que se te ocurren” me comenta la incesante voz, otra vez con tono sarcástico. Y se ríe. ¿Se ríe? Si, es una risa que oigo en mi cabeza. Y de pronto soy total y completamente consciente de que esa voz no procede de mi, que no es mi subconsciente ni nada parecido. Es algo, alguien que me habla. Una persona totalmente distinta. Se me acelera el corazón por el pánico. ¿Cuanto tiempo llevaba escuchándolo? ¿Cuando había aparecido? ¿Antes de mis alucinaciones? Fruncí el ceño, buscando entre mis recuerdos, pero no lo recordaba. No tenía ni idea. Empezaba a dolerme la cabeza otra vez.
––Jo, que buena es esta peli––suelta de pronto, y veo que esta llorando un poco.
Me he abstraído totalmente. Saco el móvil y miro la hora, y deduzco que ya casi está por el final. De pronto Helen se incorpora, con gesto serio, y para la película. Se gira hacia mi, y se acerca. Otra vez el corazón se me acelera, me sudan las manos, la sensación de la boca del estómago vuelve a acentuarse… ¿que va a hacer? ¿Va a besarme? ¿Va a abrazarme?
––Eh..––abro la boca, pero no logro encontrar palabras en mi cabeza, estoy totalmente en blanco,
Se pone justo a mi lado, pegando su cuerpo al mio, me gira, me sujeta por los hombros y me mira a los ojos. Está completamente seria, pero sus ojos brillan con… ¿lujuria? ¡No! ¿Como va a ser eso? Definitivamente no. Simplemente brillan de forma divertida. Se queda parada y trago saliva. ¿Va a besarme? Quiero besarla, o sea, no son unas ganas locas, de esto que dices un “me muero si no la beso” ni nada de eso. Pero tengo curiosidad. Contra mi mejilla sus labios parecían perfectos para los mios… estoy impaciente. “¡Besame!” pienso de pronto, y me muerdo el labio. Cada segundo de espera estoy mas nervioso.
––¿Estás bien?––me pregunta de pronto.––No estas haciendo ni caso a la película.
El nerviosismo se desvanece. Mis latidos se calman un poco, aunque siguen siendo irregulares, y la sensación del estómago vuelven a su estado normal: notorio, pero no excesivo. Que imbécil he sido. ¿Por que iba una chica como ella a querer besar a un idiota como yo que ni siquiera sabe en su presencia enlazar dos palabras sin que le salga un gallo? Voy a suspirar, pero me paro al darme cuenta de que al estar tan cerca lo notaria. Le sonrío.
––Si, si, no me pasa nada. Es solo que––y paro una décima de segundo. ¿Que le digo? ¿Que tipo de excusa puede ser válida cuando has propuesto ver una peli y te tiras las dos horas sin mirar a la pantalla?––estoy algo preocupado. Mañana tengo un examen.
¡Estudios! Es la excusa perfecta. Y entonces caigo en que, en realidad, no es una excusa: mañana tengo el primer examen de ciencias sociales del curso. ¿Que entraba? ¿El neolítico? Sin duda ya tenía planes para no dormir esta noche. “Eres un desastre, pequeño idota” me digo a mi mismo, y me alegro al no oír la otra voz darme la razón o insultarme con algo mas fuerte.
––Oh… oye. Si quieres irte a casa a estudiar o algo...––me responde.
Me imagino sentado en mi escritorio con el libro, leyendo horas y horas, y ella quedando con cualquier otra persona. Y la imagino riéndose con ese otro quienquieraquesea, y yo con el libro. Me imagino que le da un beso en la mejilla a otro, y yo quedándome dormido sobre el libro. Y siento algo extraño. No son celos, no exactamente. Ella puede darle besos en la mejilla a todas las personas que quiera, ni siquiera tiene porqué significar nada más que amistad, pero conmigo también. Puede que simplemente le caiga bien. Por esa parte me entra pánico. Por otra, tengo unas ganas irresistibles de, que si es solo eso, logre que cambien sus sentimientos a algo más. Ganas de estar con ella. No es celos, es pánico por dejar de ser importante en su vida si no me quedo hoy.
––No, no. Claro que no, si lo llevo bien––miento otra vez––pero estaba pensando que no puedo irme demasiado tarde, para la cena.
Si, perfecto. Toda la tarde juntos. Creo que puede ser tiempo suficiente, pero tengo que ponerme las pilas. Es la primera vez que quedamos fuera y de momento mi comportamiento es horrible, aburrido, absurdo. Solo he logrado asustarla desmayándome. Es patético. Tengo que remontar, tiene que pasárselo bien.
––¡A comer!––retumba por toda la casa la voz de su padre.
Y decido tomar las riendas. Me pongo en pie, y le cojo de la mano para ayudarla a levantarse. Se sorprende un poco al principio, pero después me sonríe y acepta mi ayuda. No le suelto la mano hasta que casi estamos en el comedor, tras volver por el pasillo: es la primera puerta, a la derecha, que había al entrar.
El comedor es bastante pequeño en comparación con el resto de las habitaciones. Cabe de forma casi justa una mesa para seis y un par de armarios viejos de madera con las puertas de cristal, llenos de platos, vasos y cubiertos. La mesa está cubierta por un mantel blanco con fresas dibujadas, y sobre él hay puestos tres platos vacíos con sus respectivos cubiertos, tres vasos, la jarra de agua, una olla humeante y una bandeja llena de patatas y croquetas. Se me hace la boca agua. Helen se sienta en la esquina final de la mesa, y yo a su izquierda: su padre está enfrente de mi. Coge mi plato y me sonríe. Mete el puchero en la olla y saca cuatro enormes albóndigas semideshechas.
––¿Así o mas?
––Así––contesto, y cojo el plato––Gracias.
Me habría gustado decir un “gracias, señor”, pero como Helen no iba a mi clase, la verdad es que no sabía su apellido. Pongo el plato de nuevo en su sitio y me sirvo en el un puñado de patatas. Dejo el cubierto en su sitio y me espero a que sirvan a los demás, y me pongo algo tenso. Tampoco se si son religiosos y querrán rezar. En mi casa no lo somos, pero, como dice mi padre, si comes en casa de alguien no cuesta nada respetar su cultura y cumplirla por un rato. Por eso me han enseñado a rezar. Carlos termina de servirse tras servir a Helen, me mira y sonríe otra vez.
––Que aproveche––y se mete una croqueta en la boca. Hace un gesto raro, intenta masticar, y vuelve a hacer el mismo gesto. Empieza a abrir y cerrar la boca, y rápidamente bebe agua de su vaso: obviamente se atraganta. Helen y yo empezamos a reírnos. Al cabo de unos segundos consigue tragar.––Mmm… esperad un poco, o partidlas en el plato. Quema.
Se ruboriza levemente y agacha la cabeza para recuperar la compostura. Tras eso me relajo. Es un hombre bastante natural. Me cae bien. Cojo una croqueta y, llevando a cabo su recomendación, la parto y la dejo en una esquina del plato. Después me como una patata. Parto las albóndigas y espero a que se enfríen mientras me como el resto de las patatas.
––Bueno, Max––dice de pronto su padre, y me mira mientras se mete un trozo de albóndiga en la boca. Mastica y traga.––Me ha dicho Helen que te gusta el deporte y practicas varios… asique, creo que comprenderás si te hago la siguiente pregunta––hace una pausa para beber agua, y me pongo algo nervioso. ¿Que puede querer preguntarme? ¿Que si me importa mas el deporte que los estudios? ¿Que si soy de esos idiotas musculosos sin cerebro?––Desde tu punto de vista, ¿quien es el mejor jugador actual de baloncesto?
––¡Oh!––exclamo, con una sonrisa. Esa si es una buena pregunta. Podría haber sido difícil de contestar si hubiese dicho el mejor jugador de la historia, pero el actual estaba clarisimo.––Stephen Curry. Actualmente es indiscutible, porque Lebron James ya no está al cien por cien.
Me mira y sonríe, pero luego frunce un poco el ceño y se queda en silencio, como intentando saber lo que pienso.
––¿Entonces eres de los Warriors?
Noto como Helen se pone en tensión, y siento que esas es una pregunta muy importante. ¿Que respuesta se espera? Trago saliva. Niego con la cabeza y él abre mucho los ojos.
––Raptors.
Levanta la mano, cierra el puño y lo acerca. Lo choco con el mío y se vuelve a reír. Se mete otro trozo de albóndiga en la boca. Mastica, traga, y vuelve a beber agua. Pincha una patata y apunta con ella a Helen.
––Me gusta este chico.
Me sonrojo y nos reímos los tres. A mi también me cae bien él. Es un tipo natural, que no le importa demasiado meter la pata con cosas como quemarse la boca por ser demasiado impaciente a la hora de comer. Es algo en el que le entiendo. Una vez me quemé de forma literal la lengua con un pastel de carne de mi madre. Me pase dos semanas pudiendo comer solo helado. Fue divertido y horrible a la vez.

Terminamos de comer un rato después. Tras el plato principal nos sirvió de postre un flan que había preparado él. Estaba todo delicioso, es sin duda uno de los mejores cocineros que he conocido nunca. Helen y yo volvemos a cruzar el pasillo hasta la sala de juegos y nos tiramos en el sofá, hinchados por tanta comida.
––Tu padre cocina de lujo.
––Es que es cocinero. Si no lo hiciese bien, tendría un problema muy grande.
––A lo mejor le convertirían a él en los tropezones de la sopa––digo, en broma, de forma espontánea. Me mira con expresión sombría, pero nos reímos al instante.
––O en carne para hamburguesa.
––O en un componente más de la comida para perros. Pondría en la etiqueta “carne del chéf Carlos”
Volvemos a reírnos. Se pone de rodillas en el sofá, se acerca y empieza a acariciarme el pelo, metiendo los dedos entre los cabellos. Cierro los ojos y sonrío. Me gusta que haga eso. Normalmente odio que me despeinen, pero esta vez me gusta.
––¿Sigues queriendo jugar al singstar?––me susurra al oído en un tono sugerente. La miro asombrado y me llevo una mano a la boca, como si fuese la proposición más sorprendente e inesperada de toda mi vida. Luego sonrío.
––Si, quiero––contesto, en tono dramático, como si fuese una proposición de matrimonio.
Suelta otra vez una carcajada y me da un empujón. Nos ponemos en pie. Me pasa uno de los micrófonos, conecta la play, la enciende y mete el juego. Al cabo de un minuto está todo listo. Me da el mando para que elija la canción, y veo la primera que quiero cantar: Holiday, de green day. A ella le encanta la idea. Encendemos los micrófonos y nos preparamos, y empieza a sonar la canción. Adoro esas guitarras.
––Hear the sound of the falling rain, coming down like an armageddon flame (hey!),––comenzamos a cantar a la vez, intentando desafinar lo menos posible, pero es complicado. La miro y sonrío.––the shame, the ones who died without a name. Hear the dogs howlin' out of key, to a hymn called faith and misery (hey!), and bleed, the company lost the war at day.––levanto el brazo derecho, que es el que no sujeta el micrófono, mientras acabo la frase, como si estuviese en mitad de un concierto. Ella tiene que contenerse para no reir––I beg to dream and differ from the hollow lies, this is the dawning of the rest of our lives… on holiday.
Me giro y me subo al sofá de un salto, y después vuelvo a mirar hacia la televisión, moviendo el pie derecho marcando el ritmo y la mano del mismo lado sobre el muslo, fingiendo que rasgo con una pua imaginaria las cuerdas de mi guitarra inexistente.
––Hear the drum pounding out of time, another protestor has crossed the line (hey!), to find, the money's on the other side.––empiezo a agitar la cabeza como un poseso, doy un salto en el aire y caigo al suelo de rodillas mientras sigo cantando––Can i get another amen (amen!), there's a flag wrapped around a score of men (hey!), a gag, a plastic bag on a monument.––agacho un poco la cabeza y con la mano libre me agarro la camisa a la altura del pecho, encogiendome un poco y dandolo todo en el estribillo.––I beg to dream and differ from the hollow lies, this is the dawning of the rest of our lives… on holiday.
Ella termina dejando de cantar al echarse a reír, le fallan las piernas y se cae al suelo. Empieza a rodar. Me cuesta centrarme y frunzo el ceño, llega la parte difícil. Me quito el micro de la boca y toco la guitarra aérea con ambas manos, como si fuese yo quien toca el solo.
––"The representative from California has the floor"––digo totalmente serio, y vuelvo a cantar, moviendo las manos como si rapease––Zeig heil to the president gasman, bombs away is your punishment, pulverize the eiffel tower, who criticize your government, bang bang goes the broken glass and, kill all the fags that don't agree, trials by fire setting fire, is not a way that's meant for me, just cause, just cause because we're outlaws yeah!––Y otra vez el estribillo. Repito lo de agarrarme la camisa, pero añado el agitar la cabeza con un poseso, como si lo cantase cabreado––I beg to dream and differ from the hollow lies, this is the dawning of the rest of our lives. I beg to dream and differ from the hollow lies, this is the dawning of the rest of our lives, this is our lives on holiday.
Al terminar la canción me subo otra vez al sofá, levanto ambos brazos y empiezo a hacer reverencias en todas las direcciones, como si le diese las gracias al público. Helen está en el suelo llorando de la risa. Coge un cojín y me lo lanza a la cabeza. Logro esquivarlo, pero al echarme hacia detrás me tropiezo y caigo al suelo, al lado suyo. Ruedo hasta ella, me pongo encima y empiezo a hacerle cosquillas. Empieza a pegarme, riendo, para intentar apartarme. Al final acepto sus suplicas y paro. Me incorporo un poco y me quedo sentado sobre sus muslos, impidiendo que se mueva.
––¿Sabes?––logra decir, mientras se enjuaga con las manos las lágrimas––Estas loco.
––Lo se.––me pongo serio.––Pero las mejores personas lo están––sonrío.
Me da un empujón, me sorprende y logra quitarme de encima. Ahora es ella la que está sobre mi, pero ella se sienta sobre mis caderas. Pone las manos cada una a un lado de mi cabeza y se agacha hasta mi oreja. Se me acelera el corazón.
––Eres demasiado perfecto para ser humano––me dice, totalmente seria, y luego me besa en la mejilla.

Tras eso la tarde no decae. Cantamos Boulevard of broken dreams, también de Green day, We will rock you, de Queen, Smells like teen spirits de nirvana, y otras canciones igual de increibles. Yo sigo haciendo el ganso en cada canción, inventándome nuevos trucos para parecer un artista mundialmente famoso, entrenadisimo para ser un triunfador en el escenario: a veces toco la guitarra, otras soy un gran pianista, y hasta ejerzo de batería cuando me apetece. Todo un músico experto, vamos. Helen no es capaz de cantar entera ni una sola canción, y asegura que es mi culpa. Yo creo que tiene poca resistencia en el escenario y poca inventiva. Y ella me pega una y otra vez. Al final se hace de noche.
––No quiero que te vayas––dice, mientras me estoy poniendo la chaqueta-chaleco. Ahora mismo me parece una mala idea no haberme llevado un abrigo, fuera debe hacer un frío que pela.
––Mañana es lunes––le sonrío, para hacer que se sienta algo mejor, aunque no se a quien puede hacerle sentir mejor que sea lunes––y nos veremos, como siempre.
Me acompaña hasta el portal, y antes de que pueda salir me da un abrazo fuerte. La agarro por la cintura y la correspondo. Me encantaría poder provocar ahora mismo esa sensación de irrealidad, y que todo se parase para siempre.
––Ha sido uno de los mejores días de mi vida––me susurra––me lo he pasado muy bien.
––Para mi ha sido el mejor––se aparta un poco y me mira––de verdad, si me diesen a elegir, hasta pagaría por volver a ver como ruedas por el suelo llorando de risa.
Me da un buen golpe en la nuca y me quejo, después vuelvo a acercarla a mi y la abrazo. Me encanta el olor de su pelo. Es como estar en un bosque de cuento de hadas, o al menos eso supongo, porque nunca he estado en uno. Volvemos a separarnos, pero antes de apartarse del todo… me da un beso fugaz en la comisura del labio, y echa a correr escaleras arriba. Me quedo parado, con la mirada fija en la pared. Acerco los dedos de mi mano izquierda al punto donde me ha besado. ¿Cuenta como un beso de verdad? ¿Uno de esos de película? Me siento eufórico, muy eufórico. Los nervios de la boca del estómago se transforman en claras mariposas revoloteando, y sonrío. Salgo sonriendo del portal. Desato sonriendo la bici. Pedaleo hasta casa sonriendo. Llego a mi calle sonriendo. Freno serio. Me quedo paralizado. Esta vez no está esa sensación de irrealidad pero… pero si… si que hay un zombi en mi portal. Está aporreando la puerta, mientras hace sonidos guturales con la garganta. Noto como el sudor frío me baja por la nuca. ¿Que hago? ¿Será como las de siempre, que me dejan en paz, o como la de ayer, que intenta matarme? El zombi se queda quieto. A lo mejor se va. Giro la cabeza a la derecha, mirando hacia el resto de la calle: no hay nadie. Ni rastro del soldado que me salvó, ni de ninguna otra persona. De pronto se me acelera el corazón, siento un aliento, y una sensación de frío y pánico. Me doy la vuelta lo más rápido que puedo. Lo primero que veo es los ojos ensangrentados del hombre sin media boca, que me lanza un profundo grito y me llena de sangre la cara. Me toca el hombro, le empujo e intento echarme hacia detrás.
––¡JODEER!––chillo, mientras me tropiezo con la bici y caigo de espaldas. Me la quito de encima y empiezo a retroceder empujándome con los codos y los pies hacia detrás, a toda velocidad, pero él es más rápido a pesar de que camina a trompicones, y me agarra de una pierna.––¡NO ME TOQUES!––vuelvo a gritar, desgarrándome la garganta.
Le pego una patada en el brazo y se queda mirándome, o eso creo. Tiene la vista perdida en algún punto de mi cuerpo. Ladea la cabeza y vuelve a chillar, como si le molestase que la comida se resistiese cuando él tiene hambre. Me quito la mochila de la espalda mientras me levanto, dando una vuelta de trescientos sesenta grados y aprovecho el poder de la inercia para estampársela en la cara, provocando que caiga de rodillas al suelo. Echo a correr, pero por el nerviosismo me tropiezo y caigo de cara, haciéndome daño en la nariz. Me sangra. Me giro para ver como el zombi vuelve a gritar, pero esta vez con un tono alegre pero amenazador, y entonces… corre hacia mi. Corre a una velocidad de vértigo, como movido por mi sangre. Me quedo paralizado, no soy capaz de moverme, y me tapo la cara con los brazos cuando salta sobre mi como un poseso, esperando el dolor de los dientes que le quedan clavándose contra mi carne. Escucho un ruido, un gemido, un suspiro y algo redondo cae sobre mi tripa, haciéndome encogerme del susto. Aparto los brazos de mi cara lentamente: lo que hay en mi regazo es la cabeza del zombi, perfectamente segada. Toda mi ropa esta llena de sangre, se me revuelven las tripas, mi respiración es totalmente entrecortada.
––¡QUE ASCO!––grito lo mas fuerte que puedo y me quito la cabeza de encima al levantarme. Rebota contra el asfalto y rueda como una pelota hasta unos pies. Levanto la vista. Es ese chico con el peto de bronce otra vez.––¡¿QUE COJONES ESTÁ PASANDO?!––le pregunto, furioso, antes de vomitar. ¿Habrá algún día en el que mi comida dure en mi estómago el tiempo suficiente para hacer la digestión?
––Entra en casa.––me dice de forma seca.
––¡NO, NO ME VOY A IR! ¡AHORA MISMO VAS A DECIRME QUE COÑO PASA Y QUIEN ERES, JODER!––le respondo. El corazón me va a mil, todo mi cuerpo tiembla de furia. No puedo pensar, no puedo hacer más que gritar y tiritar. Cierro los puños con fuerza. Quiero golpearlo hasta que deje de moverse o me diga que pasa, lo que suceda antes. Quiero… quiero…
––¡Vete, Max!––Me vuelve a chillar.
Se gira, y miro hacia el otro lado de la calle. Vienen un par de zombis más. El pánico supera la ira, cojo la mochila del suelo, levanto la bici y corro hacia casa. Abro la puerta del garaje, lanzo la bici contra el suelo, cierro, subo las escaleras, abro la puerta de casa y doy un portazo. Me apoyo contra la madera. Veo como la piel de mi pecho se mueve arriba y abajo con los golpes de mi corazón.
––¡JODEER!––me desgarro de nuevo la voz, y empiezo a pegarle puñetazos y patadas a la pared, con todas mis fuerzas, hasta que me sangran los nudillos. Vuelvo a ponerme contra la madera de la puerta y le doy codazos hasta que no siento los brazos por el hormigueo. Me dejo resbalar hasta el suelo––joder..––susurro.
Me giro a la derecha y vomito dentro del paragüero. Después me echo a llorar. Me tumbo, me encojo y me abrazo las rodillas. Sigo temblando, pero esta vez miedo. Estoy completamente acojonado. ¿Que está pasando? ¿Por que es tan real todo? ¿Por que a mi? ¿Por que ese crio no ha aparece antes para evitar que me ataquen? ¿Por que siempre espera al último momento? ¿Por que? ¿Por que? ¿Por que? Le doy de nuevo un codazo a la puerta, y empiezo a darle patadas al suelo. Las lágrimas siguen cayendo por mis mejillas, y me cuesta respirar. Toso al atragantarme con mi saliva, y me quedo completamente quieto, sollozando. Quiero morirme. Tengo ganas de coger una pistola y pegarme un tiro, y acabar con aquello, fuese lo que fuese. No es justo, no es nada justo. Me quedo callado. Está toda la casa en silencio. Mis padres no están. Me limpio la sangre que todavía cubre mi cara y abro los ojos. Esta todo completamente oscuro. Una inquietud enorme me domina. Me pongo en pie de un salto y doy la luz del pasillo, esperando ver a otro zombi al fondo del pasillo, indicándome mi final, pero allí no hay nada. Me quedo quieto de nuevo, intentando escuchar algún gemido o alguna pisada que me confirme mis temores: mi muerte está cerca. Camino lentamente hasta el salón y doy esa luz. Está vacío. Camino hasta la cocina y doy la luz. Está vacía. Camino hasta el baño, doy la luz y miro primero por encima de mi hombro para comprobar que no tengo nada detrás. Me giro y chillo del susto al verme en el espejo. El corazón otra vez acelerado. A este paso va a darme un infarto. Suspiro, relajándome, y me río. La planta de abajo es segura, y entonces la vibración del móvil en el bolsillo y el tono de llamada me sobresaltan. Mi primera reacción es lanzarlo contra la pared y esconderme dentro de la bañera. Es la reacción más estúpida que has tenido jamás, genio” me recrimina la voz, y le doy la razón por una vez. Salgo rápidamente y cojo el móvil. La pantalla se ha rajado un poco, pero sigue funcionando. Quien me llama es Helen, y doy al botón verde.
––¿Max?––pregunta, con pánico en la voz. Ni siquiera se como contestarle para que no se note mi estado. Todavía estoy llorando. Me sorbo la nariz.
––¿Si?––digo, intentando fingir un tono normal.
––Max, ¿estas bien? ¡Hace media hora que deberías haber llegado a casa, y no respondías!––me chilla.
Abro la boca para contestar pero escucho algo crujir en la planta de arriba. Corro hacia el salón y cierro la puerta, agarro el bate de béisbol de cuando mi padre era joven, que está colgado en la pared y me acurruco en una esquina. Vuelvo a temblar, el pánico corre por mis venas. No quiero morir, no. Tengo trece años, joder, ni siquiera se lo que es ser feliz de verdad. Y me derrumbo. Lloro con todas mis fuerzas, sin importarme apenas que Helen esté al otro lado de la linea. Me da igual preocuparle, tengo derecho a preocuparle, yo estoy completa e histéricamente preocupado.
––¡¿Max?! ¡Max!––chilla, pero soy incapaz de responder. ¿Que le digo? ¿Un zombi me ha atacado? ¿Han intentado matarme? ¿Creo que hay otro dentro de mi casa y estoy en una esquina sujetando un bate y a punto de hacerme pis encima?––¡MAX! ¡¿QUE ESTÁ PASANDO?!––me grita, histérica, dejándome casi sordo.
––Ha...había, un hombre..––digo, sin mentir del todo––me ha seguido hasta casa, tenía una navaja, yo.. yo… joder. Aporreaba la puerta cuando he entrado. No me atrevo a subir arriba, hay ventanas abiertas y… y se oye algo. La madera cruje. Creo que está dentro… yo, él..
––¡Max! ¡Para! ¿Estás bien? ¿Estás solo? ¿Te ha hecho daño?––Y entonces veo una sombra pasar por delante de la puerta y me quedo totalmente en silencio. Bajo el volumen del móvil y me pongo en tensión otra vez. No se oye nada más que mi respiración.––Max, voy para allá. No cuelgues––decide, pero apenas la presto atención.
Otra vez la sombra… y me doy cuenta de que solo es la proyección de una mosca pasando por delante de la lámpara. Y hago la mayor gilipollez que he hecho jamás al cabrearme: le lanzo el bate a la mosca. Obviamente fallo, golpea en la lámpara aunque no la rompe, rebota y cae justo sobre la pantalla del ordenador de mi madre, en el escritorio del otro lado de la habitación, y la parte por la mitad. El pánico vuelve, ya no solo por el zombi. ¿Como explico eso? Y me cabreo aún más, pero conmigo mismo. Me tiembla otra vez el cuerpo por la ira. Me pongo en pie y de forma totalmente estúpida y sin pensar cojo el bate y golpeo un jarrón de la mesa de al lado de la televisión, partiendolo con todas mis fuerzas. Golpeo el cristal de la puerta que me separa del pasillo, lanzo volando los cojines del sofá, descoloco la alfombra, tiro un par de estanterías.
––¡AHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHH!––chillo una y otra vez mientras sigo dando con el bate golpes a diestro y siniestro contra todo lo que veo, hasta que se parte el bate.
Lo suelto, ya sin fuerzas, y me miro las manos. Tengo los nudillos desgarrados, y las palmas llenas de astillas del bate clavadas. La sangre cae sobre el suelo, haciendo un pequeño charco. Me miro en el reflejo de la televisión. Estoy totalmente lleno de sangre. Tengo los ojos y la nariz rojos de llorar, y el pelo totalmente despeinado. Miro todo lo que he destrozado. ¿Que demonios he hecho?” me pregunto. Me doy miedo. Ando hacia detrás y me tropiezo con los libros. Me acurruco contra la pared y me tiro del pelo, balanceándome adelante y atrás. “¿Me desangrare?” me pregunto, al ver que la sangre no deja de brotar de mis manos. Cada segundo me siento más cansado, y se me cierran los ojos…

El frenazo de un coche es lo que me despierta, y los golpes contra la puerta me hacen toser. Tengo el cuerpo lleno de sudor. Estoy helado. Me incorporo un poco. No dejan de llamar, y vuelve a sonar mi móvil. Tengo el cuerpo entumecido, y suelto un gemido de dolor: me arden las manos. Al final logro acercarme a donde está tirado el aparato. Es Helen.
––¡MAX––chilla su voz desde el exterior.
Me levanto y voy a trompicones hasta la puerta. Abro. Se queda de piedra al verme, abre la boca para decir algo, pero me dejo caer de rodillas delante y le abrazo, apoyando mi cabeza en su tripa. Ella me abraza con todas sus fuerzas y me acaricia la cabeza. Su corazón también va a mil ahora. Después de unos segundos así me ayuda a levantarme. Entramos en el salón y se queda sin aliento al ver el destrozo. Coloca los cojines del sofá, me tumba y desaparece por la puerta. Se me cierran los ojos.

Vuelvo a abrirlos. Esta de rodillas en el suelo. Me cose las heridas de las manos y me las venda. Me da un beso en la frente. Se sienta en el sofá y apoya mi cabeza en su regazo. Al rato me incorpora un poco y me da un vaso de agua tras otro. Luego me obliga a comerme unas lonchas de pavo, y vuelve a apoyarme en su regazo. Sigue acariciándome el pelo. Cierro los ojos de nuevo. Me siento a salvo.

Me despierto del todo media hora después. Me está acariciando el hombro. Me giro y me pongo boca arriba. Tiene los ojos llenos de lágrimas, pero al verme consciente se las enjuaga y sonríe: parece sorprendida de que este vivo. A mi me sorprende que no haya llamado a la policía. Me incorporo, esta vez sin ayuda, y toso. Ya no me siento tan agotado, ni tan frío.
––Deberíamos llamar a la policía––me susurra. Niego fuertemente con la cabeza, y todo me da vueltas.––Max...––me suplica.
––No––le contesto. No pienso mentir a la policía. Sería la mejor idea, si, sobretodo para explicarle a mis padres lo que ha pasado en el salón
Me coge de la cara y me gira hacia ella. Apoya su frente contra la mía y me mira fijamente. Está seria, muy seria. Y entonces comprendo que, si no llamamos a la policía, dejará de creerse que un hombre me ha atacado. Trago saliva. Sus ojos brillan con súplica. Sabe que algo extraño está pasando. ¿Y si cree que estoy metido en drogas o algo ilegal? “Claro, todo el mundo piensa eso de un muchacho de trece años” me dice la voz, y la envío a la mierda. Me pongo de pie con esfuerzo y empiezo a andar de un lado hacia otro, agitando las manos, y frotándolas contra mis pantalones.
––Max.
––No vamos a llamar.
––Max, deberíamos hacerlo––repite.
––No vamos a llamar––repito yo.
––Max, podría volver.
––No vamos a llamar––sueno como un teléfono escacharrado, pero esta vez mi voz es mas agresiva. Me estoy cabreando. ¿Ha venido solo para darme la charla sobre que hacer en caso de necesitar auxilio?
––Max. Max mirame––lo hago.––podría volver.––dice muy seria.
––¡No vamos a llamar!––me está poniendo de los nervios. ¿Por que simplemente no puede dejarlo estar? ¿Por que tiene que preocuparse tanto por mi? piensa, genio”.
––¡Max!
––¡No va a volver, no hay ningún hombre que me haya atacado!––le chillo, ya fuera de mi, sin pensar. Al instante me doy cuenta. Me llevo las manos a la boca, después las arrastro por mi cabeza hasta el pelo. Apoyo la frente contra la pared y otra lágrima cae por mi mejilla.
––¿Que..?––susurra. La miro.
––Por favor, Helen, dejalo estar...––le suplico. Me arrodillo en el suelo, todavía de cara a la pared, y doy golpes suaves con el puño derecho cerrado contra ella.––por favor…
––Max. ¿Que te pasa?––pregunta, con la voz entrecortada.––Me estas dando miedo… ¿que está pasando?
Estoy harto. Harto de no contárselo a nadie. Cuando solo veía cosas era fácil. Pero desde ayer… desde que han empezado a atacarme. No. No, esto está empezando a ser grave. Necesito ayuda. Necesito consejo. Me pongo en pie. Me siento a su lado y le cojo de las manos. La miro a los ojos.
––Jurame que no me vas a juzgar––le pido, y asiente asustada con la cabeza––jurame que no vas a largarte––otro cabeceo––jurame que novas a dejar de ser mi amiga––trago saliva para no romper a llorar.
Asiente por última vez. Me da un escalofrío. Abro y cierro la boca un par de veces. Respiro hondo y ordeno mis pensamientos… y se lo cuento. Le cuento que llevo desde pequeño teniendo a veces una sensación de irrealidad total, viendo como se para el tiempo a mi alrededor. Que llevo desde hace un año teniendo alucinaciones extrañas por las noches. Que ayer una alucinación me atacó, intentó comerme, y que hoy otra ha hecho lo mismo. Lo suelto todo, y no me dejo ningún detalle. Nos quedamos en silencio. Tiene la vista fija en el suelo, pero, a diferencia de lo que me esperaba, no parece que no se lo crea, ni que esta asustada. Parece preocupada.
––...pero son solo alucinaciones.––termino, y nos quedamos en silencio. No ha soltado mis manos en ningún momento.
––Max...––dice al fin.––Las alucinaciones son cosas irreales, ¿no?––asiento, sin comprender––entonces, ¿como una te ha hecho dos heridas y la otra te ha llenado de sangre?––al acabar la pregunta me mira.
Ahora si que me quedo sin aire. Me empieza a doler la cabeza de nuevo. Otra vez el pánico, pero aún más fuerte. Tiene razón, tiene toda la razón del mundo. Recuerdo ambos ataques y me mareo, me entran otra vez esas terribles ganas de llorar y me abraza.
––No había caído...––contesto.
––Max, yo arreglo este desastre. Ve a dormir, ahora subo.––la miro a los ojos, agradecido, y le doy un beso con todo mi corazón en la mejilla.
Me incorporo, y lentamente subo a la segunda planta, encendiendo todas las luces por el camino. Entro en mi habitación, me quito la ropa y la tiro a la basura. Me pongo una camiseta vieja blanca enorme de mi padre y me meto en la cama. Al cabo de un rato sube Helen, se tumba a mi espalda y me abraza. Me da un beso en la nuca.
––Todo va a salir bien––susurra.
Y me quedo dormido.